Derecho a la cultura
este tsunami financiero que nos atropella a todos, barra lo que, con esfuerzo, muchos trabajadores de la cultura han ido creando y atesorando para el crecimiento y el deleite de toda la humanidad.
Y que como siempre que la crisis nos invade, se queden en la cuneta como seres inservibles, trastos inútiles y farándula superflua, haciendo que su esfuerzo necesario sea aún más difícil.
Que muchos de los que nos gobiernan no entiendan lo que ese esfuerzo significa. Que crean que pueden prescindir de ellos y piensen que todo el tiempo que han dedicado a su crecimiento, y a nuestro enriquecimiento como seres humanos y como comunidad civilizada, no sea útil para resolver los problemas económicos que tenemos. Que dejen de nuevo los campos de la cultura completamente yermos y sin contenido.
Resulta cansino y triste escuchar, aún al inicio de este nuevo milenio, cuestionar lo que por activa y por pasiva quedó totalmente claro en el siglo anterior. Al oír determinadas manifestaciones sobre el gasto en cultura -que la sociedad tiene la obligación de hacer- y denominarlo “despilfarro”, entiendes la necesidad que tenemos de que las generaciones que nos sucedán conozcan cuanto antes todos los avances culturales que la humanidad consiguió a lo largo del siglo pasado.
No es de extrañar que quienes formulan este tipo de manifestaciones acerca del despilfarro que supone cualquier dispendio cultural, sean los mismos que con artificios burlescos de trilinguismo, sazonados con justificaciones supuestamente apoyadas en la legalidad, y convenientemente enlodadas en una nefasta gestión de lo público, impidan conocer lo más elemental del pensamiento humano.
Quizás sea bueno recordar lo que dice la Declaración de los Derechos Humanos en su artículo 27: “toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”. Los Estados deben tomar las medidas necesarias para alcanzar ese objetivo.
O lo que el preámbulo de la Declaración de México (UNESCO 1982) entre otras cosas dice “y que la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo”. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos.
A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden.
En el punto 18 de dicha declaración establece que “La cultura procede de la comunidad entera y a ella debe regresar. No puede ser privilegio de una élite ni en cuanto a su producción ni en cuanto a sus beneficios. La democracia cultural supone la más amplia participación del individuo y la sociedad en el proceso de creación de bienes culturales, en la toma de decisiones que conciernen a la vida cultural y en la difusión y disfrute de la misma.
Siempre he creído que la cultura en todas sus manifestaciones es la punta de lanza que va descubriendo nuevas formas de ver la realidad, haciendo que la sociedad se beneficie, evolucione y se enriquezca en todos los sentidos.
No lo olviden, casi siempre lo más inútil en el fondo es lo más útil.
Adrià Carrillo Valero
Concejal de Cultura de Mutxamel Adrián Carrillo Valero |